Estoy agotado de tanto pensar. Quiero que mi cerebro reviente; que exprima con todas sus fuerzas la última palabra y la grite a los cuatro vientos. Sólo hay sonidos ahí adentro. Una muerte espantosa se mete por orificios que no existen. Son esos recuerdos de los que alguna vez precisé, los que ahora reclaman. Es el propio miedo una trampa. Si pudiese no hablar más y sacrificar todo lo que me vincula con el vos sería dichoso. La pasión es el desarraigo del mundo.
“… levanté mis párpados azorados más arriba, aún más arriba, hasta que percibí un trono formado de excrementos humanos y de oro, desde el cual ejercía el poder con orgullo idiota, el cuerpo envuelto en un sudario hecho con sábanas de hospital sin lavar, aquel que se denomina a sí mismo El Creador. Tenía en la mano el tronco podrido de un hombre muerto y lo llevaba de los ojos a la nariz y de la nariz a la boca; una vez en la boca, puede adivinarse qué hacía”. Isidore Lucien Ducasse.
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