… cuando llegamos frente a la gran cortina de setos de vegetación y ramas enmarañadas que daba entrada al Valle, tomé mi escopeta con más fuerza y cerré los ojos, a pesar de la oscuridad reinante. La extensa arboleda que nos envolvía apenas permitía filtrar algunos haz de luz, por lo que debíamos avanzar tomando como referencia las sombras de la persona que nos antecedía en la marcha. Ahmed, nuestro guía-jefe, nos indicó que tras las vallas se encontraba el camino verde que conducía a la cabaña donde se recluía El Animista. Juntamos nuestras fuerzas y abrimos un espacio entre las malezas hasta conformar una puerta; un campo de luz invadió nuestra visión y por un momento creí estar completamente ciego. Luego de esos segundos de tensión y silencio, Ahmed continuó hablando:
—… es por eso mismo que no podemos desaprovechar esta oportunidad, ya me ha eludido varias veces cuando creí acecharlo sin escapatoria posible. Pero esto no es cuento, compañeros, este personaje existe de verdad y cuenta con poderes que ni imaginamos…
Ahora el paisaje estaba levemente iluminado por el resplandor lunar, que tornaba grises los contornos de las dunas. Me di vuelta y observé a mis cuatro hombres detrás de mí: eran sombras que modulaban y se movían con sigilo, resguardando cada uno de sus pasos. A pesar de la helada nocturna del desierto, tenía que soplarme las palmas de las manos para que no me transpiraran. Ahmed había logrado ponerme bastante nervioso a pesar de que conocía perfectamente la historia que se le atribuía al místico ladrón de joyas, conocido desde las tribus primitivas como El Animista. Cierto es también que se había convertido en un mito, en una historia que las madres contaban a sus hijos para atemorizarlos y que no escaparan de sus chozas por la noche; otros afirmaban que era una forma de justificar tras los siglos los saqueamientos a los tesoros de las tribus por parte de los conquistadores. Varias generaciones habían ido tras los pasos de El Animista, aventurándose tras las inmensidades del desierto con resultados escalofriantes: muchos terminaban enloqueciendo, otros jamás habían aparecido, dando una fuerza mayor a los poderes del misterioso personaje.
—… las tribus autóctonas se niegan a ayudarnos por temor, ellos creen que El Animista posee la capacidad de dominar la materia a su antojo, creando paisajes falsos y laberintos infinitos de los cuales jamás se regresa. Pero señores, nosotros estamos aquí para hacer historia y terminar de una vez con esto —, seguía monologando Ahmed. Yo ya no lo escuchaba, el silencio reinante produce ciertos letargos de autismo, eso lo sé, como si de repente te durmieras con los ojos abiertos y los paisajes se volvieran apenas discernibles.
A pesar del escepticismo contradictorio de Ahmed y de su intención de alentarnos, él se jactaba de ser uno de los pocos sobrevivientes al contacto con El Animista. Pasaba días enteros contando su experiencia y su frustración al no poder atraparlo; explicaba cómo había logrado sortear las telarañas mentales que entretejía y que desde aquel día, su vida se había encausado en pos del anhelo de atrapar, si es posible con vida, a aquel hechicero impenitente que durantes siglos se había apoderado de las fortunas de los habitantes del Valle.
—… estamos ante un enemigo inaudito, casi absurdo; tenemos por delante la misión más peligrosa de nuestras vidas, señores —. Seguía en voz de líder, capitaneando la marcha Ahmed, erguido en sí mismo y a paso firme— ¡Ya estamos en su territorio, compañeros, estamos en los campos que muchos creen dominados por su enorme mente! ¡Ya no hay vuelta atrás! —, dijo la sombra de Ahmed.
Me inquieté de pronto, como si me despabilara de una pesadilla; detrás de mí seguían las cuatro siluetas, que al ver mi shock también se detuvieron al instante. Detrás de ellos ya no había nada, ni un sólo elemento contrastante al cual tomar como referencia. Podríamos estar convencidos de haber caminado miles, o incluso millones de kilómetros, y aún parecía haber otros millones por delante en la planicie del desierto. Las dunas habían desaparecido.
—Amigos, no teman, Él puede percibir sus temores y materializarlos hasta enloquecerlos; no hagan caso a lo que ven sus ojos, ni a lo que oyen sus oídos; aquí no existen los sentidos ni las emociones. Si sienten terror es porque Su Mente lo ordena, ése es el enorme poder de El Animista, compañeros. Su fortaleza espiritual y mental están en juego. Espero estén a la altura de las circunstancias y puedan, como yo algún día lo hice, lograr…
En ese momento comencé a odiar a Ahmed. Estaba loco y nos había arrastrado a su locura a mis hombres y a mí con su discurso farsante y mitómano. Le quité el seguro a mi rifle y apunté disimuladamente a la espalda de Ahmed, mientras éste continuaba su perorata:
—… ¡Bienvenidos al abismo de su mente! ¡Ja! ¡Díganme que ven lo mismo que yo! ¡Allí es, compañeros, allí está el escondite de El Animista! —, a lo lejos se divisaba una extraña cabaña de piedras.
“¿Podríamos estar perdidos y ser prisioneros de nuestra propia mente? ¿Podría El Animista no ser otra cosa que nosotros mismos?”, pensé. “Esa cabaña no está allí, se encuentra a miles de kilómetros de distancia y nuestros ojos jamás podrían visualizarla”.
Furioso disparé a la espalda de Ahmed, que cayó de bruces, muerto; me acerqué y volví a disparar para asegurarme. Mis compañeros-siluetas ni se inmutaron.
Miré a mi alrededor y sentí terror, la cabaña seguía allí en un punto inmóvil, como suspendida en el tiempo; la inmensidad era asfixiante, no había a dónde ir.
—No nos queda más remedio que intentar ir a esa choza que vemos allí a lo lejos. Puede ser nuestra única salvación —, dije, aunque sospechaba que nos llevaría años llegar hasta allí.
Una de las sombras se me acercó a centímetros del rostro:
—Jefe, ¿por qué nos trajo hasta aquí?... usted nos atrapó. Usted nos atrapó a todos.

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