Antes de entrar al cementerio a dejar una flor en la tumba de Robert Blackpool, y de tocar el timbre de la casa de la anciana madre, el vagabundo decidió recordar la conversación que mantuvo con un extraño en el bar, unos minutos antes, cuando decía:
—… es que el sacrificio del General Blackpool no puede sernos indiferente, hombre, ¡Hip! ¿Cuántos soldados ha conocido usted que lo hayan dado todo por su causa como lo hizo él a pesar de ser ninguneado. ¡Hip! Ahora mismo está muerto, caído en combate como no podía ser de otra manera, y nadie sabe de él; sólo vive en el recuerdo de su anciana madre. ¡Hip! —. Dejó el vaso vació para que el mesero lo vuelva llenar de Ginebra y hundió la cabeza en sus manos —Usted que escribe sobre imbéciles asesinos y sexópatas, ¡escriba las memorias de Robert Blackpool! La gloria se lo encarga.
—Señor, ¿qué importancia tan extraordinaria da usted a las palabras? Eso debe dejarlo para nosotros que vivimos de ellas…
—Pero dígame, entonces… ¿Qué son las palabras para usted? —preguntó el vagabundo luchando por sostenerse en piernas.
—Tal vez sean símbolos por medio de los cuales creamos nuestra realidad… pero esto me suena a ficción —, el escritor bebió de su whisky y paseó la mirada por los demás bebedores—. Hace poco escribí sobre un sádico libertino que abusaba de jovencitas limosneras, había cometido graves errores en mi vida, ¿sabe? Pero ninguno como éste, por lo que tuve que dejar mi casa. Temía horrores convertirme en eso. ¿De qué estaba huyendo? ¿De un maldito libro? Y ¿sabe una cosa? Desde que dejé mi casa y frecuento los bares, decenas de jovencitas se me acercan suplicando cualquier cosa a cambio de comida, todas las condiciones apuntan a que me convierta en aquello que creé y odié: en mi personaje, como si todo fuese, de alguna manera, escrito por alguien que me conduce inexorablemente a ello.
El escritor pagó su cuenta y dejó unos cincuenta y seis dólares adicionales sobre la barra.
—Escriba las memorias de Blackpool, se lo suplico, usted lo conoce tan bien como yo. ¡No lo condene al olvido! —. El vagabundo terminó su vaso y lo posó sobre la mesa. Apenas pudiendo modular, agregó— El cielo es azul y el piso es duro ¡Hip! porque alguien lo dijo, y la única guerra que importa a la humanidad es la guerra del discurso…
La anciana que parecía tener cien años abrió la puerta y apareció bajo el dintel. Ya tenía una vaga idea de con qué se iba a encontrar.
—Señora, ¡Hip! vengo a darle mi pésame en el aniversario de la muerte de su hijo, ¡Hip! quisiera saludarla.
—¡Oh! Pero qué amable eres, no se hubiese molestado —, la señora sonreía, perdiendo su mirada en lo alto. Tanteó los harapos del vagabundo y le hizo un gesto para que entre en su casa—. Con semejante frío y usted tan mal arropado, pase y tome una tasa de té caliente. ¿Tiene adonde ir a dormir hoy?
—No quisiera molestarla, señora, ¡Hip! siempre puedo dormir en alguna iglesia o en algún zaguán—. El vagabundo no tardó en reparar que la anciana estaba ciega. De todas formas aceptó la invitación sin mayores reproches.
Allí pasó la noche y despertó en una cama extraña sin recordar mucho lo que había sucedido. La anciana apareció con una bandeja en sus manos.
—Toma Robert, hijo mío, aquí tienes el desayuno, con el café y las tostadas con poco dulce, como a ti tanto te gusta.
Esa misma noche, el General Blackpool se dirigió al bar a beber una copa. Antes de pagar al mesero, conmovió su atención un vagabundo durmiendo en el suelo con un vaso en sus manos. Blackpool le dijo al mesero:
—Permítame pagarle lo que debe ese señor de allí, ¿cuánto es?
—Como usted guste, son cincuenta y seis dólares.
Blackpool pagó, se colocó la boina en su cabeza y se dispuso a salir del antro, pero lo frenó la pregunta del mesero:
—Disculpe la intromisión de mi pregunta, señor, pero… ¿Por qué hace esto?
—No lo sé. Quizás todos terminamos aquí de alguna u otra manera, y algo me dice que ese señor ha hecho mucho por mí.
Blackpool se retiró del bar, sin siquiera sospechar que su historia recién había empezado a escribirse.

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